miércoles, 12 de mayo de 2010

Sobre feminismo y bebés

Por María Berrozpe*


Vivimos en una sociedad patriarcal. Una sociedad donde el varón impuso sus normas y sometió así a la mujer. Vivimos en una sociedad machista.

Durante siglos mujeres fuertes y valientes lucharon para igualarnos en derechos a los varones. Consiguieron grandes logros. Hoy en día todas les debemos no ser un cero a la izquierda en la vida social y familiar y poder ser libres para decidir nuestro papel dentro de la sociedad. Podemos ejercer todas las profesiones, podemos estar solteras, casadas o arrejuntadas, podemos parir o no parir, podemos ser madres o no serlo...
¿De verdad? … Yo creo que no.

Yo creo que ya no podemos parir y ya no podemos ser madres o, más bien - para no ser tan drásticas - ya no podemos ser las madres que necesitan nuestros bebés. Es el precio que hemos pagado por tener una supuesta libertad y una supuesta igualdad en nuestra patriarcal sociedad. Para poder disfrutar de sus privilegios hemos tenido que renegar de parte de nuestra naturaleza. Hemos tenido que masculinizarnos.

Esta masculinización se ha dado a diferentes niveles. En primer lugar ha conquistado nuestra vida sexual. La mujer ya no se deja llevar por su verdadero instinto: ese que nos hace acoplarnos sólo con el varón que consideramos más óptimo para nuestros hijos. Nos hemos adaptado al instinto de ellos: cuando sea, con quien sea y como sea. Ya no podemos seguir nuestra naturaleza cíclica: nuestros ciclos naturales han sido destruidos por los anticonceptivos hormonales. Además, al igual que ocurre en los varones, el coito se ha convertido en inicio y final de nuestra vida sexual. Pero si volviéramos a nuestros orígenes veríamos que eso no fue así. El coito para nosotras sólo es el principio de una amplísima y larguísima experiencia sexual: la maternidad. En condiciones naturales, al coito le siguen - al menos algunas veces - un embarazo, un parto y una lactancia. Actualmente estas tres fases son ignoradas, anuladas e, incluso, maltratadas.

En primer lugar el embarazo. Hoy día todavía es socialmente aceptable estar embarazada y hacer una vida activa y normal. A veces demasiado normal. Por supuesto que el embarazo no es una enfermedad pero se ignora el hecho de que la mujer embarazada está en un momento muy especial en que requiere un mínimo de consideración a nivel laboral y familiar. En el mundo laboral la mujer embarazada tiene que demostrar que puede seguir a tope con todo y con todos, a costa de la salud de su hijo. En la vida familiar todavía no serán pocos los compañeros que ignoran las nuevas necesidades afectivas y sexuales de sus compañeras embarazadas.

El tratamiento del parto ya roza la absurdidad más demencial. Provocando por si mismo las complicaciones que luego tiene que tratar, el intervencionismo médico aplicado al “por mayor” ha violado sistemáticamente una de las experiencias más intensas, ricas y profundas de la vida de una mujer. Y con eso no quiero decir que no se hayan de aprovechar todos los avances en medicina para disminuir riesgos y tratar las posibles complicaciones. Eso no está reñido con un tratamiento respetuoso de la parturienta, el neonato y el parto. Ya en 1970 Michel Odent empezó a aplicar en Francia una filosofía totalmente diferente respecto a la atención al parto (Odent, Michel: Nacimiento renacido. Editorial Creavida). Han pasado 40 años y en España parece que no se han enterado de la revolución.

Y la lactancia…. Ay, la lactancia. Prácticamente extinguida en nombre de esa supuesta libertad para la mujer. Las consecuencias de que la gran mayoría de bebés hayan sido alimentados con leche de vaca más o menos bien adaptada a lo largo del último siglo se empiezan a vislumbrar ahora. Decenas de estudios científicos demuestran los devastadores efectos de esta práctica a corto y largo plazo. No voy a enumerarlos aquí. Basta con visitar la página web de la Liga de la Leche, de diferentes sociedades de pediatría (http://www.aeped.es/lactanciamaterna, http://www.aap.org/healthtopics/breastfeeding.cfm, http://www.aap.org/breastfeeding), o de la Organización Mundial de la Salud para tener una interesante recopilación de artículos científicos sobre el tema. Y a pesar de la evidencia todavía tenemos que defender nuestro derecho a amamantar.

Amamantar en exclusiva al menos 6 meses. Amamantar hasta, al menos, los dos años. Amamantar a demanda sin interferencias del reloj. Amamantar aunque tengamos un horario laboral que cumplir. Amamantar donde nuestro bebé lo requiera. Y las más atrevidas que queramos seguir amamantando más allá de los dos años tendremos que ponernos un buen escudo protector contra las críticas ignorantes y las miradas de desaprobación ante un acto tan atrevido. Tenemos que ver y oír comentarios sobre el “mal gusto” que demostramos tener al dar de mamar en público. Tenemos que aguantar que en algunos lugares públicos se prohiba amantar al mismo tiempo que prohiben, y cito textualmente, “el uso de la fuerza física, amenazas, lenguaje obsceno, gestos obscenos, insultos de origen racial, religioso, étnico o cualquier comentario discriminatorio los cuales afecten a cualquier cliente del centro o que pueda crear molestias que interfieran, interrumpan o pongan en peligro a los ocupantes del centro o su actividad comercial”. Parece ser que para algunos, dar de mamar a un bebé pertenece a esta categoría de actos.

Pero esta incomprensión de la sociedad frente a la madre lactante no es más que la punta del iceberg. Todo un sistema de crianza basado en el respeto a la necesidad del bebé de estar prioritariamente con su madre se ha ido al traste debido a esta supuesta emancipación de la mujer. Así, las mujeres que no quieren desaparecer de la vida laboral se ven obligadas a abandonar a sus hijos a los cuatro meses de edad – si no antes – en manos ajenas. Y si la palabra “abandonar” os parece muy fuerte, preguntad al bebé como se siente. Preguntadle que tal le sienta cuando, ya en el parto, le arrancan (la mayoría de las veces de una manera traumática) del único mundo que conoce (el vientre de su madre), le manipulan lejos de ella y no puede ni oírla, ni olerla, ni sentirla, ni verla. Cuando lo devuelven está ya demasiado cansado como para hacer lo que estaba programado para hacer al poquito de nacer: buscar el pezón. Así que la lactancia empieza tarde y, probablemente, mal.

Pero los problemas no acaban ahí. Resulta que él se siente tan a gusto junto al cuerpo de su madre, pero ella parece interesada únicamente en dejarle en un capazo que para él es todo menos confortable ya que está programado para sentirse a gusto sólo en contacto con su madre. Y encima cuando tiene hambre no le dan de comer, sino que le hacen esperar 2 ó 3 horas, o las que el pediatra de turno haya considerado basándose en nada. Parece que sólo llorando ella le coge, así que llora. Hasta que alguna persona bien intencionada, preocupada de la excesiva “dependencia” que sufre esa mujer, le recomienda no coger al bebé ni aunque llore. Y ahí nuestro pequeño héroe se queda sin armas y no le queda otra que dejar de llorar y aguantar. Lo fundamental es sobrevivir. Y sigue sobreviviendo durante las larguísimas horas en las que se encuentra solito en un capazo en la guardería, donde el exceso de niños impide que las cuidadoras no puedan hacer mucho más que dar el biberón y cambiar pañales. Y ya ni llora cuando le dejan, de nuevo solito, en su cuna durante la larguísima noche en la que ya no le está permitido tener hambre (ni de leche, ni de mami). El método Estivill le acabó de convencer de que no vale la pena llorar porque nadie le hará caso. A callar, a comer lo que me den y cuando me lo den y a dormir lo que pueda para no sentirme tan mal. ¿Alguien cree que esta primera infancia no va a tener consecuencias en la vida adulta?


Estoy leyendo un libro: The primal wound, de Nancy Newton Verrier (Ed. Gateway. Treceava edición, 2009). La autora expone la hipótesis de que todos los hijos adoptados, incluso los adoptados nada más nacer, tenemos una herida primal debido a la separación de nuestra madre biológica. He de confesar que empecé el libro bastante escéptica pero a medida que leo empiezo a ver que parte de razón si que tiene. Mucho de lo que expone coincide con lo que he leído en libros sobre el periodo primal de Michel Odent (La vida fetal, el nacimiento y el futuro de la humanidad. Editorial Ob Stare, 2007), David Chamberlain (La mente del recién nacido. Editorial Ob Stare, 2002) o Laura Gutman (La revolución de las madres. Editorial Integral, 2009). Si lo que defienden todos estos autores es cierto - que el periodo inmediatamente posterior al nacimiento es un momento importantísimo para el posterior desarrollo afectivo de la persona y que el contacto piel con piel con la madre es crucial - entonces no sólo los hijos adoptivos tenemos un problema. Tal cual se practica la obstetricia hoy en día, TODOS los recién nacidos por los métodos convencionales en un hospital tenemos un problema. Y tal cual es la crianza posterior del bebé, el problema iniciado nada más nacer no va a encontrar una solución fácil. Un bebé acostado la mayor parte del tiempo en una cunita, capazo o cochecito, cogido solo ocasionalmente por su madre y que además no recibe pecho, no va a tener sus necesidades primordiales cubiertas, aunque nos parezca que sí. El problema es que todos hemos sido criados en mayor o menor medida siguiendo esta filosofía y todos diremos que estamos muy sanos y somos muy felices. Así no vemos ningún problema para criar de la misma manera a nuestros hijos. Pero basándonos en las últimas investigaciones sobre salud primal, parece evidente que todos estaríamos mejor si hubiéramos nacido en un parto respetado y durante los primeros meses hubiéramos permanecido en contacto con nuestra madre la mayor parte del tiempo.

El problema es que, tal cual están las cosas, este sistema de crianza supone el sacrificio de la vida laboral de la madre y casi de su vida social. Llevar a tu bebé colgado de un fular o una mochila a la oficina y darle el pecho cuando lo pida, sin interrumpir tu trabajo o tu reunión más de lo estrictamente necesario (unos segundos para acomodar el bebé al pecho y ya está) parece del todo imposible. Yo con mi primer hijo hubiera dicho que no, que es una locura. Pero ahora, ya con el tercero, lo veo perfectamente factible. De hecho, las madres han trabajado con sus hijos a cuestas durante gran parte de la historia de la humanidad.

Evidentemente, en nuestra moderna civilización no es posible llevar al bebé a todo tipo de trabajo. Para una policía, una bióloga investigadora, una bombera, u otras profesiones que requieran exponerse a situaciones arriesgadas, si no se adapta su trabajo temporalmente a la crianza de su hijo, es imposible. Pero muchas profesiones si que lo permitirían. Sólo sería necesario un poquito de comprensión por parte de los compañeros. Un poquito de tolerancia. El bebé, desde luego, lo agradecería mucho porque estar con mamá, sea donde sea, es su prioridad. Mi tercer hijo se ha pasado los primeros meses colgadito del fular, durmiendo gran parte del tiempo y el resto muy interesado en mis actividades (en general cuidar de sus hermanos, preparar comidas, hacer lavadoras, salir a comprar, escribir al ordenador, leer...). Podía estar 4 horas perfectamente tranquilo permitiéndome hacer mi vida con normalidad. Por supuesto, este sistema termina cuando el bebé ya empieza a necesitar más espacio para gatear, y no digamos cuando empieza a andar. Pero para entonces también soportará mejor quedar al cuidado de otras personas parte del tiempo, y la lactancia, al compaginarla con la alimentación complementaria, es ya mas llevadera. El tiempo crítico son esos primeros meses (cinco o seis, diría yo) en los que evidentemente con quien mejor está el bebé es con mamá, pegadito a ella, cuanto más mejor, recibiendo teta cada vez que lo necesite por hambre, sed o mimito.

A todas luces los 4 meses de baja maternal se quedan cortos, pero hay algo más que se queda corto: nuestra disponibilidad para cargar al bebé pegado a nuestro cuerpo. La cultura del cochecito/cunita está tan arraigada que todavía miramos con cierta sorpresa a la mamá que utiliza mayoritariamente como medio de transporte de su bebé una mochila o un fular. Muchos considerareis retrógrado cargar al bebé con estos sistemas (como yo lo consideraba antes de tener mis propios hijos y saber más sobre las necesidades de los bebés) pero lo cierto es que poco a poco se van viendo más madres con sus hijos a cuestas por la calle. Parece que más que algo del pasado empieza ser algo del futuro. De aquí a que empecemos a ver a la dependienta de la mercería o de la panadería atendernos con su bebé felizmente dormido en el fular, o a la abogada que nos recibe en su oficina y nos atiende mientras acuna a su hijo… ¿Por qué no?

Hace unos meses la ministra de defensa Carmen Chacón levantó ampollas al no aprovechar su baja maternal y compartirla con su marido. Algunos, a mi entender pseudoprogresistas, la alabaron mientras que muchas otras mujeres, profesionales y madres, entendieron perfectamente lo inadecuado de su actuación. Lo que a mí me hubiera gustado ver va bastante más allá de una ministra que aprovecha su baja maternal. A mí me hubiera gustado ver a la ministra en sus reuniones oficiales con el bebé colgadito de ella. Y si en una foto sale además dando de mamar mientras posa sonriente con un coronel del ejército hubiera tenido que hacerle una reverencia con sombrero y todo. Pero dudo mucho que una política de nuestros días sea tan valiente a la hora de romper convencionalismos sociales. Queda mejor y es más fácil lucir el viejo feminismo, pasado de moda y que ya se queda muy, muy corto. Porque lo que ahora necesitamos es un feminismo que de un paso más y se dedique a feminizar la sociedad, en lugar de masculinizar a la mujer. Un feminismo que luche por que la mujer pueda tener el papel que se merece en la sociedad sin renunciar a la maternidad, si eso es lo que ella quiere. Un feminismo que consiga una sociedad donde se valore la maternidad en su justa medida y donde los bebés tengan un lugar preferente y no a la cola de prioridades, como hasta ahora. Ya tenemos una sociedad donde la mujer no está obligada a ser madre si no quiere. ¡Fantástico! Ahora hay que luchar por una sociedad donde la mujer que decida ser madre pueda serlo PLENAMENTE. A por ello vamos.

* María Berrozpe vive en Zürich, es Doctora en Ciencias Biológicas, madre de tres niños y monitora de la Liga de la Leche. Ha cedido gentilmente esta colaboración para el Blog Tenemos Tetas.