sábado, 25 de diciembre de 2010

Instinto maternal...¿¿instinto paternal??

Siempre se ha hablado del Instinto Maternal, para mi surge mucho antes de que sepamos que un ser alberga nuestro vientre, surge desde que sentimos ese deseo, desde que se despierta esa necesidad...es cierto que algunas mujeres carecen de este instinto, pero en general, la mayoría, nos vemos cautivadas en un momento de nuestras vidas por un deseo irrefrenable de ser madres.

A veces nosotras damos por hecho que algún día llegará el momento y toparnos con una pareja que no comparte el deseo de tener prole suele ser motivo de separación, pues seguir amando a alguien que sabes que no desea tener hijos ni ahora ni más adelante, supone tener que renunciar a un sentimiento, un deseo muy potente, que cuando llega, ¿cómo se puede acallar?

Esperar a estar en la misma sintonía es muy importante, forzar esta situación o creer que una vez que nazca un bebé la pareja se hará más fuerte es un gran error que han comentido muchas mujeres.
Incluso en parejas que desean ese bebé, se viven momentos difíciles, tensiones y es necesario estar muy unidos para que no se hagan heridas que tarden en cicatrizar o queden rencores para siempre. 

En el embarazo, el parto y el posparto estamos muy sensibles, vivir conflictos y no contar con el apoyo y la comprensión de nuestro compañero puede generar resentimientos difíciles de superar y a veces, cuando no hay encuento, son momentos en que algunas parejas se distancian para siempre. 

En los Talleres de Apoyo a la Maternidad y la Paternidad me parece fundamental que participen los hombres con sus parejas, porque es muy importante que sepan lo que va a ocurrir, que abran sus mentes, que conecten con su lado femenino, dejando asomar la ternura, la delicadeza, la sensibilidad...ellos también sienten miedos y son víctimas de los consejos y los mitos acerca del parto y la crianza.
Creo que para quién lo tenga adormecido, el embarazo puede ser una etapa para reconectar con la capacidad de llorar, de abrazar, de respirar profundo, de coger en brazos a otros bebés, de limpiar el corazón de emociones atascadas...

Por otro lado los hombres, siguen teniendo carencia de espacios donde exponer sus emociones, sus sentimientos. Históricamente son las primeras generaciones que se implican y desean apoyar e involucrarse en todo el proceso, estar presente en el parto y compartir la crianza. Por tanto, no pueden recurrir a sus padres o abuelos buscando consejo y normalmente no hablan entre ellos, por vergüenza? falta de costumbre? y sé de primera mano que sí tienen esa necesidad, porque cuando encuentran un "espacio de permiso"... hablan y lloran.

Así a veces, se encuentran perdidos y asustados y en ocasiones, acompañan a la mujer de parto con miedo y agobio, sin saber que esto influye negativamente en el proceso de parto, a veces incluso lo bloquea.
No saben qué se pueden encontrar en el posparto y no nos apoyan de manera efectiva, pues  la situación bucólica de las películas no tiene nada que ver con la realidad que viven y los primeros días, semanas, meses del bebé se convierten en un periodo angustioso para todos.

Hombres y Mujeres nos convertimos en padres y madres, no en dos madres y el hombre  tiene una misión importante, un papel fundamental, cada uno el suyo, cada uno diferente.

Somos nosotras las que nos quedamos embarazadas, sentimos los síntomas, es a nosotras a las que nos cambian las formas, las que nos hacemos las ecografías, las que sentimos moverse al bebé, parimos, amamantamos, vivimos, sufrimos y disfrutamos del posparto y la crianza con apego o crianza corporal como la llama Ileana de Tenemos Tetas, demanda sobre todo cuerpo, presencia y entrega materna...

Es a nosotras a quien todo el mundo pregunta, nos alaban, nos piropean...es nuestro reinado como una vez me dijo un amigo en mi primer embarazo  y para mi es verdad,  al menos yo embarazada me siento como una reina...

Es fácil que el hombre se sienta desplazado, sobretodo si todo esto le coge por sorpresa, si no tiene información.

Algunos hombres que  ya han tenido un primer hijo, cuentan en los talleres cosas como:

- "Me sentía invisible, nadie me preguntaba por mi durante el embarazo y cuando nació el bebé yo sólo era el que abría la puerta"

-"No entiendo lo que le pasa a mi mujer, está supersusceptible, parece que no hago nada bien, ni digo nada apropiado"

-"No comprendo porqué llora tanto, si el bebé está perfecto, pero ahora he leído algo en internet y creo que tiene una depresión posparto"


Me parece tan importante que alguien traduzca para nuestras parejas, qué nos pasa, cómo nos sentimos, por qué, cómo ayudarnos y apoyarnos, cómo saber qué necesitamos...alguien que haga de nexo en la pareja, de traductor...para que la mirada vuelva a dirigirse el uno hacia el otro y no cada uno mirando a un lado pensando que las diferencias son insalvables e incomprensibles...

A la vez, las mujeres debemos hacer un esfuerzo y reflexionar que a pesar de lo mucho que recae sobre nosotras, el hombre también vive su proceso, su agobio, su miedo, sus emociones y mucha veces, en medio de nuestra revolución, no comprendemos sus agobios, le culpamos y nos olvidamos que cada uno vive su proceso, no se trata de hacer comparaciones, cada uno vive y siente diferente y el hombre también se transforma en padre con todo lo que eso conlleva.

Hay estudios que demuestran que sus hormonas también cambian durante el embarazo de sus parejas, me parece muy interesante este artículo publicado en Muy Interesante sobre el instinto paternal...lo comparto con ustedes...


¿Existe el instinto paternal?

Durante mucho tiempo, la sabiduría popular y, por qué no decirlo, algunos textos científicos han relacionado el comportamiento masculino con esa hormona irrefrenable y machista que es la testosterona. El macho humano, como los de otras especies animales, se vería así impulsado a buscar pareja, practicar el sexo y competir con otros congéneres por mandato bioquímico. La testosterona, “una hormona estúpida”, como llegó a bautizársela, era una de las principales responsables de que el hombre se portara “como un hombre”.

Afortunadamente, hoy sabemos que las cosas no son así y que dentro de la etiqueta “comportarse como un hombre” también caben la ternura, la sensibilidad y el afecto paterno-filial. Sobre todo este último, porque recientes investigaciones en el campo de la psicobiología han demostrado que los hombres también cuentan con un instinto paternal similar al instinto maternal femenino. Y, curiosamente, la testosterona tiene mucho que decir en su afloramiento.

Aunque ella no es la única hormona que interviene en la paternidad feliz. Todo un abanico de sustancias colaboran para conseguir que el varón no sólo tenga deseos de aparearse sino que también anhele hacerse cargo de la prole, cuidarla y mantenerla y que todo eso genere en él una cascada de emociones positivas tan naturales como las de la madre.

Un estudio publicado en 2001 por la revista Mayo Clinic Proceedings demostró que los futuros padres presentan mayores niveles de estradiol (un tipo de estrógeno) y menos de testosterona que los hombres que no esperan hijos. Es más, los varones cuyas parejas están embarazadas experimentan cambios hormonales que se activan simultáneamente a los de la mujer gestante y que, en algunos casos extremos, llegan a producir síntomas físicos como náuseas y aumento de peso.

El estradiol es una sustancia que interviene en el comportamiento maternal de las mujeres, de los primates no humanos y de otros mamíferos. Hasta ahora, no se había detectado en ningún animal que los machos también respondieran a la paternidad con aumentos significativos de esta hormona. Curiosamente, el estradiol parece ser un elemento clave en la prepaternalidad (periodos de embarazo), ya que en el último mes antes del parto, sus niveles tienden a regresar al estado normal. ¿Es que la naturaleza está intentando preparar al hombre para que sea un buen padre?

Para responder a esta pregunta, sería útil conocer cómo se comportan otras sustancias químicas del cuerpo del varón ante la inminencia de la paternidad. Los glucocorticoides, hormonas de la familia del cortisol, descienden considerablemente cuando el hombre sabe que va a ser padre. Se ha demostrado que las personas que viven en pareja estable y disfrutan de mayor refuerzo social o familiar presentan menores niveles de esta sustancia que las que viven solas o en parejas inestables. En el último mes de embarazo de la mujer, se aprecia un incremento en la cantidad de glucocorticoides de su compañero, quizás como respuesta al aumento del estrés y la aprehensión propios de esos momentos tan trascendentes para su vida.

Además de estos cambios, el cuerpo del varón que va a ser padre experimenta otras transformaciones relacionadas con el estado de su pareja. Por ejemplo, un estudio de la doctora Anne Storey, de la Universidad de Newfoundland en Canadá, ha demostrado que los pre- papás sufren un aumento de las cantidades detectables de prolactina, hormona involucrada en el desarrollo de la capacidad de amamantar en las mujeres y en las hembras de muchos mamíferos.

La doctora Storey especula con la posibilidad de que el estado de gestación de la mujer genere ciertas señales que indican al cuerpo del varón que ha de prepararse para tener una criatura en casa. La testosterona desciende para favorecer un comportamiento más estable, menos agresivo y menos sexual en el varón, mientras los cortisoles y las prolactinas preparan el terreno hacia un temperamento más tierno y solícito.¿Qué tipo de señales son ésas? Según Storey, es posible que se trate de estímulos olfativos enviados a través de las feromonas o, simplemente, de cambios en el comportamiento de la mujer que dan las claves a la bioquímica del varón.

El mismo equipo canadiense solicitó a los padres que informaran sobre los cambios que experimentaron en sus vidas diarias durante el embarazo de sus mujeres. Los individuos que sufrieron mayor fatiga, aumento de peso y falta de apetito fueron los que arrojaron niveles más altos de prolactina en los análisis. ¿Una especie de embarazo por simpatía? Storey los explica: “Creemos que los niveles hormonales de la mujer dependen de su estado de gestación y los niveles hormonales del hombre dependen de los de su pareja”.

La presencia de la mujer gestante no es el único estímulo para que el instinto paternal aflore. Otros estudios realizados con hombres sin hijos han demostrado que, después de ver durante varios minutos una cinta de vídeo con imágenes de bebés y niños jugando, los niveles de cortisol en sangre se reducen dramáticamente.

Parece evidente que los hombres están biológicamente preparados para ser padres y que dicha preparación natural está escrita en el comportamiento de algunas de sus hormonas. Los científicos saben que la actividad hormonal puede variar en función de cambios ambientales o del comportamiento. El estrés laboral, el flirteo, el deporte... son algunas situaciones que generan modificaciones bio-psicológicas. ¿Por qué no va a suceder lo mismo con una experiencia tan importante para la vida de un ser humano como el nacimiento de un hijo?

Actos propios de la crianza como sostener un bebé, escuchar un llanto o dar un beso a un pequeño no sólo dejan una impronta psicológica en quien los disfruta, sino que tienen su propia repercusión fisiológica. Un experimento clásico para demostrarlo es hacer que voluntarios varones sostengan durante media hora muñecos que llevan puestos pañales que han sido utilizados por bebés. Los niveles de testosterona disminuyen en los casos de los hombres que han mostrado un deseo previo de ser padres. Cuando el experimento se realiza con los propios hijos, la variación en los datos es mucho mayor.

Una revisión parcial y, un poco cínica, de estos datos podría conducir a la conclusión de que la paternidad sofoca la masculinidad del individuo, es decir, los feminiza, mediante el control de la testosterona. Pero los autores de estas investigaciones creen que, al contrario, estos datos demuestran que la masculinidad del género humano reside en otras habilidades más allá de las que su hormona sexual le confiere. Todo el abanico químico del hombre se pone a su disposición en un momento de su vida para que pueda experimentar el rango más amplio de emociones y demostrar que es un buen padre por naturaleza.

¿Para qué sirve un padre?

La importancia de la madre en el desarrollo del niño, desde la lactancia hasta la madurez, ha sido estudiada con profusión. El papel de la mujer es decisivo en la formación de un individuo física y psicológicamente sano. ¿Pero qué papel juega el padre?
Si atendemos a los últimos estudios psicológicos sobre la relación paterno-filial no tenemos más remedio que reconocer que los padres sirven para mucho. Al menos, de ello están convencidos los estudiosos del comportamiento humano que se han dedicado a relatar la cantidad de beneficios que la paternidad aporta a la familia, a los niños, a las esposas y, por supuesto, a los propios padres.

Hemos realizado un repaso a los informes más recientes sobre la salud física y mental de la familia occidental para resumir algunas de las virtudes que tiene ser padre, ser hijo, convivir con un padre o desear tener hijos. La mayoría de los trabajos que han dado lugar a estos resultados son estudios sobre familias voluntarias de todo el mundo a las que se ha seguido la evolución durante un tiempo determinado.

Las estadísticas demuestran que los varones que viven solos presentan mayores riesgos de cometer suicidio que los que viven acompañados. Pero este dato aislado no sería suficiente para establecer ningún beneficio directo de la paternidad. Algunos estudios, sin embargo, sí relacionan la crianza de la prole con un descenso en los casos de ansiedad y estrés, aunque parezca paradójico. Se ha demostrado que los hombres que se involucran más en las tareas cotidianas de educación, cuidado, limpieza y alimentación de sus retoños ofrecen menos niveles de estrés. Quizás porque, todavía hoy, la fuente principal de tensión es el entorno laboral y la crianza exige una concentración extrema en asuntos muy distintos a los que suelen atribular al hombre trabajador.

Algunos psicólogos han detectado cierta influencia del matrimonio en la reducción de los niveles de depresión. Estar casado es, tanto para hombres como para mujeres, una protección contra este mal. Sin embargo, en el caso de la progenitura, las cosas cambian. Uno de los segmentos de población con mayor riesgo de padecer depresión es el de las madres con hijos pequeños, mientras que los padres presentan justo la tendencia contraria.

La paternidad tiene, incluso, un efecto cuasi clínico sobre algunos conflictos personales. Según James Levine, director del Proyecto Paternidad de Manhattan, “muchos hombres reviven sus experiencias biográficas mientras sus hijos crecen. Un correcto control de las emociones paternales puede conducir al restañamiento de heridas sufridas en la infancia o la juventud por el padre”. Quizás sea éste el motivo que explique por qué muchos hombres se reconcilian emocionalmente con sus padres después de haberlos convertido en abuelos.

Pero, sin duda, los que más se benefician de la presencia de papá son los hijos. Todas las investigaciones demuestran que los progenitores, no importa cuál sea su estado social, cultural o económico, pueden jugar un papel crítico en el desarrollo de sus hijos. Cuando el padre se responsabiliza de la crianza en igualdad de condiciones que la madre, el crío aprende más, disfruta de mayor éxito académico y exhibe un comportamiento más saludable que cuando es sólo la madre la que realiza esa función. Esto tiene efecto incluso en los casos de padres separados que no comparten hogar con sus retoños, pero siguen de cerca su evolución y se preocupan de su cuidado.

Los niños ven en su padre un modelo de conducta y socialización y suelen repetir algunos de los comportamientos extremos (buenos o malos) que perciben a través de ellos.


 

En el caso de padres que asisten habitualmente a las actividades del colegio de sus hijos y se interesan por el tipo de educación que reciben, se ha demostrado que los críos regresan a casa con calificaciones medias más altas. En el ranking de posibles influencias sobre la vida académica de un niño, la presencia del padre se encuentra a la cabeza junto a la de la madre y por encima de otros factores como la situación económica de la familia, el origen étnico, el nivel académico de los progenitores y el entorno geosocial donde está la escuela.

Los estudios parecen desgranar cuatro aspectos clave en los que la labor del padre se nota más: los niños que reciben el apoyo de papá tienen mejores notas, son menos propensos a suspender cursos, participan en más actividades extracurriculares y se lo pasan mejor en la escuela.

El rango de herramientas que el padre utiliza para ejercer su influjo es inmenso, desde la caricia al bebé, hasta la pelea dialéctica con el adolescente. Se ha demostrado que el contacto físico paterno y materno no sólo refuerza psicológicamente al pequeño sino que tiene efectos positivos sobre su sistema inmune, sobre su capacidad para recuperarse de enfermedades y sobre su resistencia al dolor.

Por otro lado, la confrontación paterno-filial de ideas tiene efectos extraordinarios sobre el desarrollo de habilidades dialécticas y cognitivas y sobre el reforzamiento de la autoestima, especialmente en periodos tan críticos para la evolución de la psique del individuo como la pubertad.

Está claro, el padre es un gran invento para la humanidad. ¡Y eso que Sigmund Freud proponía matarlo, aunque sólo fuera simbólicamente!

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