sábado, 22 de octubre de 2011

Atender, imitar y repetir.

Comparto con ustedes este artículo que me viene que ni pintao...mi hija Zoe, preciosa y feliz con sus casi 15 meses se la pasa imitando todo lo que hacemos...la verdad es que no tiene desperdicio este blog que sigo hace tiempo, pero nunca había compartido con ustedes...



Si observamos detenidamente a un pequeño de alrededor de un año, veremos cúan importante es para él esta capacidad: no sólo aprende a diario cosas nuevas gracias a su gran atención ( porque como dicen por ahí, “las cogen al vuelo”) y su habilidad para “copiar” sino que, además, consigue adaptarse mejor a su entorno imitando las reacciones, acciones y actitudes de los demás en situaciones en las que no sabe cómo actuar . Por ejemplo, si vamos paseando y suena un fuerte ruido (por ejemplo, un avión, un globo que explota, un camión que descarga..).. ¿a quién mira el bebé antes de reaccionar? A papá y mamá. Y dependiendo de la reacción de éstos, el bebé se asustará más o menos, señalará con el dedo o lo ignorará, se tapará los oídos… es decir, imitará su reacción. Cuantas más veces ocurra este suceso, más probabilidades hay de que el pequeño vaya incorporando esta reacción como propia y pasado un tiempo, ya no necesite mirar a sus papás: la imitación le sirvió para generar reacciones adaptativas a su entorno.

Pero hay más: la imitación nunca se da aisladamente sino que viene acompañada de una herramienta que viene a ser como el “pegamento” de los nuevos conocimientos: la perseverancia, es decir, la repetición (algunos lo llaman cabezonería). Así, imitación y repetición van a ir siempre de la mano.. y lo harán casi siempre en forma de juego: diciendo “¡córcholis!” (como dice el abuelo) cada vez que ve una paloma por la calle (cosa que sucede unas veinte veces en cada paseo) , llevándose la cuchara a la boca llena de puré una y otra vez (como su hermana mayor), hasta que consiga no desparramarla por toda la mesa y alrededores (cuestión de tiempo), o repitiendo cada palabra, frase y gesto que ve o escucha, como un auténtico “mimo”.


Por lo general, los pequeños imitan a aquellas personas o animales que forman parte de su hogar o su entorno más cercano:

Papá y mamá . Las personas más importantes para el pequeño suelen ser las más copiadas, aunque también puede darse el caso de que una persona desagradable para el niño le llame la atención y la imite. De hecho, además de reproducir nuestros gestos adorables (dar besitos a su muñeco, hacer pedorretas con una gran sonrisa, tirar besitos con la mano, decir hola y adiós, dar las gracias..) los pequeños nos mostrarán también nuestra cara menos amable a modo de “espejo” (“eto no” “eto caca” “eto pupa” “eto no mio” repiten algunos pequeños a modo de juego.. cosa muy normal cuando “no” es la palabra que más veces escuchan al día)

Los abuelos. Los abuelitos ejercen un fascinante poder con casi todos los bebés. Tanto si los ven mucho como si los ven poco, cualquier canción, juego, frase o cariñito que venga de ellos, será repetido y recordado por los pequeños durante mucho tiempo. En muchas familias, de hecho, son los abuelos los principales transmisores de la cultura familiar en forma de canciones, poemas y tradiciones que los pequeños aprenden e incorporan rápidamente.

El hermano mayor. Es una fuente inagotable de experiencias para el pequeño, que se esforzará por hacer, ser y parecer todo lo que su hermano es. El hermano mayor, en esta etapa, es como el gurú de nuestro pequeño copión: un modelo cercano y accesible, un niño también en crecimiento y que lo hace todo “un poquito mejor” que él. Tal es la admiración que, en ocasiones, los pequeños llegan a tener celos de su “estrella guía”, pues así como son una fuente de conocimientos, los hermanitos mayores también son una fuente de frustraciones.

Animales. Los animales les encantan y son muchos los bebés que aprenden a decir antes “miau miau” que “papá” . No es porque quieran más a su gato que a su padre (tranquilos, papás) sino porque los animales, con sus sonidos, sus formas y sus movimientos tan fácilmente imitables (¿de dónde creen que viene la expresión “gatear”?), captan la atención de los pequeños de forma poderosa. Si en casa hay perro o gato, es seguro que el pequeño bebé pasará horas observando a su peludo compañero y siguiéndolo (o persiguiéndolo, según se mire) por todas partes.

¿Qué imitan?
Nuestras palabras: sobre todo aquellas que le dirigimos a él (cariñito, chiquitín, mi amor, pulguita) y algunas que forman parte de nuestros rituales cotidianos ( “”al agua patos!” “ñam, ñam, a comer” ). Pero también imitarán e irán aprendiendo todas las demás, pues la forma en que aprenden el lenguaje es escuchándonos hablar. Al principio lo harán con lengua de trapo pero, poco a poco (y si les hablamos siempre con claridad y de forma correcta) irán ampliando de forma increíble su vocabulario. No hay que impacientarse.

Nuestros gestos y expresiones: Aplaudir para mostrar nuestra alegría, dar palmas para cantar, hablar por el móvil, peinarnos, pintarnos los labios, sacar y meter las llaves en el bolso, tocarnos la frente cuando estamos cansados y suspirar, levantar los hombros cuando queremos decir “no lo sé” o levantar los brazos para recibir a un amigo, son algunas de las muchísimas expresiones que los peques copiarán rápidamente.

Nuestras respuestas al entorno: nuestra forma de responder a los sucesos del entorno es un mensaje para el pequeño, que todavía desconoce muchas de las cosas que ocurren a su alrededor . Aquí tenemos, como padres, una baza importante para transmitirles a nuestros hijos un modelo que combine seguridad, prudencia y apertura al mundo, intentando responder de forma equilibrada a las situaciones cotidianas. Por ejemplo, cuando el pequeño explora (y a partir de ahora lo hará muy a menudo) si nos mostramos asustados a cada nueva peripecia, el pequeño imitará nuestra respuesta, aprenderá a asustarse y verá peligros por todas partes. Nuestra forma de reaccionar ante sucesos inesperados (por ejemplo, si se nos olvidaron las llaves dentro de casa, podemos agobiarnos o improvisar y pasar la tarde en casa de la vecina) o desagradables (cuando el autobús va tan lleno que no podemos ni movernos, podemos quejarnos o bien bajarnos e ir dando un paseo) les ofrece un modelo que les valdrá para toda la vida.

Nuestro estado emocional: Se dice que los niños no son capaces de saber lo que los demás sienten hasta alrededor de los tres-cuatro años (empatía), pero esto es una verdad a medias. Quizá el bebé no puede identificar de forma activa los sentimientos ajenos (ni los propios), pero el estado emocional y anímico de las personas que el bebé tiene a su alrededor influyen poderosamente en el suyo: los bebés vienen al mundo con las emociones a flor de piel y son como pequeños camaleones. En ocasiones, un bebé tenso, triste o irritado no es más que el reflejo de unos padres preocupados y malhumorados, de una cuidadora con problemas personales o de una abuelita enferma y cansada. Es muy importante cuidar nuestras emociones cuando somos padres, pues si nosotros estamos bien, nuestros bebés se “empaparán” como esponjas de nuestro estado anímico.

Nuestros rituales y nuestras aficiones: Lavarnos las manos, tirar de la cadena, cepillarnos los dientes, doblar el pijama… son rituales que el pequeño imitará (en la medida de sus posibilidades) casi sin tener que decirle nada, siempre y cuando vea a los demás miembros de la familia hacerlos diariamente. Aficiones como la lectura, el deporte, el bricolaje, los puzzles, la observación de la naturaleza… llaman también la atención de los más pequeños y se van convirtiendo, desde este momento, en los puntos de referencia de sus propios intereses.

Todos a la mesa.
No hay mejor manera de incorporar unos buenos hábitos alimenticios que hacerlo en compañia. Esta es la edad ideal para sentar al pequeño a comer con toda la familia y permitirle imitar todo lo que hacemos “los mayores”: ensayar con los cubiertos, picotear de aquí y de allá , usar la servilleta, el vaso de agua.. . Esto implica tener que lavar muchos manteles, baberos, manitas y hasta pelos (y no sólo los suyos).. pero ¡es el precio que hay que pagar para que nuestro pequeño llegue a ser un buen “gourmet”!


Cuidado con lo que hacemos... ellos lo harán después:
Peligros caseros. Subirnos a una silla para coger algo, tender la ropa encaramados a la ventana, abrir el candado de la caja de las medicinas (o tomarlas delante suyo) o ponerle pilas al mando a distancia… cualquier otra acción que no queramos que nuestro hijo intente reproducir, mejor no hacerla delante de ellos, al menos de momento.

Decir tacos y expresiones malsonantes. La única forma de evitar que nuestro pequeño nos sorprenda con este tipo de lindezas es no decirlas. Si aún así ya ha aprendido alguna palabrota, no hay que prestarle demasiada atención ni poner el grito en el cielo (por muy fea que sea). A esta edad las palabras le llaman la atención no tanto por su significado (que muchas veces desconocen) sino por su sonoridad o pronunciación. Se le pasará en cuanto aparezca una palabra nueva que suene igual de bien (a sus oidos..).

Pegarle. En esta etapa de nada sirve aquello de “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”, porque para el pequeño de un año la acción que ve predomina (como fuente de información) sobre lo verbal. Si pegamos al pequeño en la mano para que no coja la tierra de la maceta, si le damos en el culete cuando hace algo mal o le empujamos cuando estamos enfadados…. además de estar dañando su integridad, su autoestima y sus derechos, le estamos ofreciendo un modelo violento en sus relaciones con los demás que va a repetir (aunque luego le digamos que “no se pega”) antes o después.

Violeta Alcocer para Ser Padres Hoy (copyright).
Ilustración Patricia Metola

No hay comentarios :

Publicar un comentario

Gracias por dejar tu opinión