martes, 29 de noviembre de 2011

Tan sólo hay que hacerlo

Un relato de Pilar Serrano Aguayo,
Médico de la Unidad de Endocrinología y Nutrición

Ayer me avisaron para atender a una mujer en la planta de Cirugía Maxilofacial en el Hospital Universitario Virgen del Rocío de Sevilla.

La habían operado dos días antes de un prognatismo, y necesitaba soporte nutricional.
La mujer estaba lactando a su hijo y llevaba dos días separada de él, extrayéndose la leche, con dificultad y dolor, y desechándola, porque nadie le había dicho si los fármacos recibidos desde dos días antes eran compatibles con la lactancia.

Ese día hablé con el residente sobre la medicación de la madre y le propuse buscar en la página web sobre Medicamentos y Lactancia del Servicio de Pediatría del Hospital de Denia.

Después de la consulta, el médico modificó el tratamiento eligiendo lo más seguro y me agradeció el recurso aprendido “porque en urgencias a menudo surgen estas dudas”.

Durante la visita a la madre, Noelia, vi que se estaba sacando penosamente la leche con un sacaleches de pera, y había conseguido apenas 30 ml que tenía en un vaso. Quería al menos mantener su producción de leche para cuando volviese con su bebé.

Le pregunté. Su niño tenía 1 año, nunca hasta entonces se había separado de él y dormían juntos desde que él nació. Me sorprendió que nunca hubiera contactado con un grupo de apoyo pero las cosas siempre le habían ido bien y no había tenido ningún problema.

Como su médico me comentó que estaría ingresada una semana, inicié lo que creí necesario, no sin temor de encontrar cierta resistencia por parte del personal sanitario acerca de algo que cuando menos les resultaría inusual. Así que escribí en la historia clínica:
madre lactante, cuyo hijo requiere acceso sin restricciones al pecho, permitir colecho según política de lactancia del hospital.
Su médico no se opuso, la supervisora me pidió el protocolo (todavía estaba en borrador) y las enfermeras no se extrañaron y me dejaron hacer, igual que cuando prescribo la insulina.
La administrativa redactó un permiso para que nadie impidiera la entrada de un bebé a un hospital de adultos.

Nadie se había visto en una situación similar pero nadie objetó nada. Les resultó tan natural como cuando prescribo un medicamento o unas medidas de aislamiento. Nadie me cuestionó.

Noelia con su bebé en el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla


Al día siguiente pasé por la habitación a ver qué había ocurrido.
Noelia se duchaba y la abuela me empezó a contar:
Doctora, ha sido lo más emocionante que se pueda imaginar.
Ayer, el niño vino temeroso, de la mano de su padre.
Su madre tenía miedo de que no la conociera, porque tenía la cara muy deformada tras la intervención quirúrgica. Yo le dije: hija, los niños conocen a su madre por el olor y por más cosas, la cara es lo de menos.
Aun así, mi hija se tapó la cara desde la nariz hasta abajo. El niño, al verla, se quedó mirando en silencio hasta que su madre dijo: “¡nene!”, y él, soltándose del padre, dio un brinco y se encaramó sobre el cuerpo de su madre, en la cama del hospital, abrazándola con brazos y piernas, sin que hubiera modo de soltarlo.
Se quedó mamando un buen rato, acariciando el pecho de su madre, sobre ella. Han pasado la noche juntos. En la cama de ella.
Y la abuela dice que es lo mejor que le ha pasado en todo el ingreso, la emoción de ver a su hija y su nieto tan naturalmente respetados.

Pilar Serrano Aguayo

Médico de la Unidad de Endocrinología y Nutrición

Hospital Universitario Virgen del Rocío de Sevilla

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